(Escena tercera)
(En un jardín del palacio del Rey Micomicón, jardín con rosas y escalinatas de mármol, donde abren su cola los pavos reales. Un lago y dos cisnes idénticos. En el laberinto de mirtos, al pie de la fuente, está llorando la hija del Rey. De pronto se aparece a sus ojos, disfrazado de bufón, el príncipe Verdemar.)
El príncipe Verdemar.- ¡Señora Infantina!
El príncipe Verdemar.- ¿por qué me preguntas quién soy cuando mi sayo a voces lo está diciendo? Soy un bufón.
El príncipe Verdemar.- Te traigo un mensaje de las rosas de tu jardín real. Solicitan de tu gracia que no les niegues el sol.
El príncipe Verdemar.- El sol que piden las rosas es el sol de tus ojos. Cuando yo llegué ante ti, señora mía, los tenías nublados con tus lagrimas.
El príncipe Verdemar.- Por unos soldados supe de tu desgracia, señora Infantina. Dijeron también que estabas sin bufón, y aquí entré para merecer el favor de servirte. Ya sólo para ti quiero agitar mis cascabeles, y si no consigo alegrar la rosa de tu boca, permíteme que recoja tus lágrimas en el cáliz de esta rosa.
(De un rosal todo florido y fragante que mece sus ramas al viento, el príncipe Verdemar corta la rosa más hermosa y se la ofrece a
El príncipe Verdemar.- Para beberlas.
El príncipe Verdemar.- Divino licor para quien tiene por oficio decir graciosas ocurrencias.
El príncipe Verdemar.- ¿Por qué lo dudas?
El príncipe Verdemar.- Desde que nací. Primero me cantaron en el corazón; después floreciendo en mi caperuza.
El príncipe Verdemar.- Todos los bufones somos hermanos, pero una misma canción puede tener distintas músicas. ¿Quieres tomarme a tu servicio, gentil señora? Mis cascabeles nunca te serán inoportunos. Si estás alegre, replicarán gloria; si triste, doblarán a muerto. Los gobernaré como gobierna las campanas un sacristán.
El príncipe Verdemar.- ¿Poco?
El príncipe Verdemar.- conservaré la rosa hasta mañana.
El príncipe Verdemar.- Tú no morirás, Infantina. Mañana cortarás en este jardín otra rosa para tu bufón, que te saludará con la más alegre música de sus cascabeles de oro.
(Se va
El príncipe Verdemar.- ¡Princesa de mis sueños, moriré en el intento o triunfaré sobre el dragón!
(En el fondo excavado de un viejo roble, canta el duende).
Duende.- ¡Me diste libertad, mi paloma real!
¡Paloma que vuelas tan alto,
sin miedo del gavilán!
El príncipe Verdemar.- ¡Ha! ¡El duende! Lo llamaré en mi auxilio. Afortunadamente, conservo el anillo que me dejó cuando le abrí la puerta del torreón.
Duende.- Aquí estoy, príncipe mío. ¿Qué deseas?
El príncipe Verdemar.- Tu ayuda para triunfar sobre el dragón.
Duende.- Ven conmigo. Tendrás la espada de diamante. (Salen).


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